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“A la manera de María de Nazaret”

 

El 26 de julio 2012, Mons. Nicolás Cotugno, celebrò sus 45 años de vida en el sacerdocio y 16 como Obispo de la Iglesia Católica, 14 de los cuales los ha entregado al Señor como arzobispo de la Iglesia de Montevideo. Ante tales acontecimientos, el Quincenario “Entre Todos” (N° 283) publicó una entrevista en la que el Arzobispo revela tramos de su vida, de su familia, su vocación, de su espiritualidad y de aquello que hoy lo entusiasma.

Al mirar todos estos años de consagración sacerdotal y episcopal, ¿qué es lo primero que se le ocurre decir?

Que agradezco la bondad que ha tenido el Señor al llamarme al sacerdocio, y el poder vivir el ministerio con alegría, entrega, entusiasmo, con total disponibilidad, y pienso también…

 

– ¿En alguna persona tal vez?

Bueno, naturalmente… Pienso con gratitud en el extraordinario padre Francisco Begnamino della Torre. El Señor me llamó al sacerdocio a través de este gran sacerdote. Eran los tiempos de la postguerra en Milán. Yo nací en el año 38, y la guerra se inició un año más tarde, y se prolongó hasta el 45. Hubo que rearmar el tejido social y cultural, y salir adelante en medio de la carestía, los sufrimientos, las privaciones… El cardenal Schuster, arzobispo de Milán, beato, le encomendó a este sacerdote y a su comunidad de salesianos la región más industrial de la periferia de Milán, a unos siete quilómetros del centro de la ciudad, donde vivía mi familia. ¿Cómo no recordar al padre Begnamino que estaba al frente de la comunidad de salesianos y del oratorio? Allí estaban las fundiciones, las acerías, las grandes fábricas de fama mundial. Luego el cardenal Montini  –más tarde Papa Pablo VI- le confió la cárcel de delincuentes juveniles, que hacía agua por todas partes, y el padre Francisco la transformó de la noche a la mañana, al mejor estilo de Don Bosco, humanizando y dignificando la vida de aquellos jóvenes. Yo visité sus celdas. Recuerdo una pared en que se hallaba esta inscripción: “si yo hubiese tenido una madre no hubiera estado aquí”. Antes de los salesianos hubo un sacerdote del clero secular en una capilla prácticamente abandonada, y había misa de tanto en tanto… La guerra mundial, la segunda, había dejado tras de sí una destrucción casi total.

– ¿El deseo vocacional encontró un ambiente familiar favorable?

Yo le desearía a todo ser humano la dicha familiar que yo tuve, y no estoy idealizando nada. Papá y mamá… extraordinarios… Uno veía la unión profunda, de un amor intenso, y sacrificado. Una familia sumamente religiosa. Mi abuelo paterno era considerado un referente de la fe en el barrio donde él vivía. En la familia se vivía una vida cristiana muy sólida, robusta y al mismo tiempo natural, cercana, sin acentuaciones…, ¿cómo decir?, hoy diríamos sin acentuaciones “fundamentalistas”.  Se rezaba en la casa, se rezaba antes de comer, se agradecía la comida, rezábamos juntos el rosario. Mi madre se esmeraba, en plena guerra, criando cuatro hijos. ¡Y un ambiente sumamente sereno!

 

– ¿Podemos saber algo más de sus padres?

Mi padre era trabajador en una de estas fábricas, y mi madre, ama de casa. Tenían cuatro hijos: de ocho años, mi hermana mayor –que es religiosa, hija de María Auxiliadora-, y que vive todavía, gracias a Dios; luego, mi hermano con seis, yo con cuatro, y mi hermanita con dos, que murió a esa edad por una enfermedad que, en razón de la guerra, precisamente, no pudo salvarse. ¡Cargar con los cuatro era más que un trabajo! No era una mujer de gran cultura, ni de grandes estudios, pero tengo que decir que la fe que el Señor me ha regalado yo se la debo a toda mi familia, y a todo el ambiente del barrio en que me movía, pero sobre todo a mi madre. Mi madre era una creyente al estilo de María de Nazaret: mujer sencilla, humilde, trabajadora, buena, era una mujer de sentido común. La gente de la barriada la consideraba como una mujer de consejo. Sí, iban a pedirle consejo. Tengo que decir que el barrio donde yo vivía era el más rojo, más comunista de toda Italia, le llamaban la “Stalingrado de Italia”. Realmente había una lucha, en esa época, entre los comunistas y los demócrata-cristianos. Si el comunismo hubiese ganado en el 48, la historia de Italia hubiera sido completamente distinta.

– ¿Aquella fe familiar sigue influyendo hoy en su fe, después de todos los años transcurridos?

Yo creo que sí. Lo que recibí en casa, la fe en la familia, ha sido lo que me ha mantenido a lo largo de todos estos años. La fe era algo que empapaba la vida. Si bien después me tocó estudiar durante los años de formación para la ordenación sacerdotal, seguir estudiando teología después del Concilio, profundizar los conocimientos y la reflexión en Lovaina, que era el centro más importante de entonces, si bien pude tener trato con quien escribió la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, la Lumen Gentium, monseñor Gérard Phillipe…, yo veía que aquello no era más que ampliar, profundizar, entender el regalo de la fe recibido en los años vividos en el amor familiar. Recuerdo que mi madre cuando me veía, me decía: “Ustedes, sacerdotes, que han estudiado tanto, que están tan cerca del Señor…” Y yo le decía: “mamá, ¡ojalá yo tuviera tu fe!” Siempre admiraré a mi madre de abajo para arriba… La cercanía con Dios la da la santidad. También la vocación sacerdotal ha sido algo muy compartido. Me acuerdo que le dije de golpe que quería ser sacerdote, y vi en seguida una expresión por un lado de alegría, y por otro, de que no había ninguna novedad, de que se veía que mi camino era ése.

– ¿Y luego, qué vino?

Ahí empecé la vida salesiana, la formación… Un hecho determinante de mi vida sucedió en el año en que me tocaba ir a estudiar teología. Yo tenía 23 años… En el noviciado había manifestado mi disponibilidad para ir a un lugar bien específico de América Latina: al leprosario “Agua de Dios”, en Colombia. Quería entregar ahí mi vida, en respuesta al llamado y al amor recibido del Señor. Pero los superiores salesianos me preguntaron si estaba dispuesto a ir al Uruguay, pues necesitaban enviar también a alguien a aquel destino. “Si ustedes quieren, yo voy, sí”. Aquél fue, ciertamente, un momento muy doloroso para la familia. Felices y contentos de que fuera sacerdote, pero que me fuera de misionero en esa época quería decir irse y no volver más. En aquel entonces no existían las posibilidades de traslado y movimiento que tenemos en la actualidad. Uno de los momentos más conmovedores de mi vida se remonta a los instantes en que el Augustus se alejaba lentamente desde el puerto de Génova rumbo a Montevideo, una travesía que puso diecisiete días. Tocó varias ciudades: Barcelona, Lisboa, Río de Janeiro…

– ¿Los estudios en Lovaina fueron antes o después?

No, no. Yo tenía que haber ido a estudiar teología, pero surgió esto… Al llegar aquí, después de un año, junto con todos los seminaristas salesianos, fuimos a estudiar a Santiago de Chile. Fueron cuatro años de teología. Ahí me encontré con don Egidio Viganó, un personaje que fue también determinante en mi vida. Él era director del teologado –rector del seminario de los salesianos-, pero al mismo tiempo era perito conciliar del cardenal Silva Henríquez y de la conferencia episcopal de Chile. Participó del Concilio, y en los intervalos entre una sesión y otra, regresaba a Santiago, y nos compartía su entusiasmo y profundidad teológica de un modo contagioso. ¡Y de verdad que me contagió! Allí yo aprendí a querer la teología y a entregarme de lleno a ella. Y don Viganó me hizo ordenar antes, el 26 de julio de 1967, para que yo pudiera seguir estudiando, ya como sacerdote, en Europa, en Lovaina. En general las ordenaciones tenían lugar a fin de año. Fue una decisión tomada por él y por el Inspector de los Salesianos de entonces, quien luego sería arzobispo de Montevideo, monseñor José Gottardi. El Inspector me había ofrecido prepararme para ser maestro de novicios, o seguir estudiando teología. Ante esta propuesta del padre Gottardi, Don Viganó me hizo una guiñada desde atrás, como para decir… ¡teología! Y así fui a Lovaina, después a Roma, me doctoré en el 71, y ahí pude profundizar en esos cuatro años la teología del Vaticano II, desde dentro, y pude escribir la tesis, “El testimonio en el Vaticano II”, guiado por uno de los teólogos importantes de la época, el padre René Latourelle, un exponente de la teología fundamental, renovada a la luz del concilio. Fue un enorme regalo ése, porque pude zambullirme de lleno en el acontecimiento del Concilio.

– Realmente Don Egidio Viganó influyó en su vocación sacerdotal…

Sí. Me he preguntado por qué el Señor me trajo a América. Porque me pude encontrar con Don Egidio Viganó, que me orientó definitivamente hacia lo que yo sentía desde niño. En el crudísimo invierno de la Lombardía con la nieve hasta la rodilla y temperaturas bajo cero, mi madre me llevaba, libremente –siempre decía: “quien me quiera acompañar, yo me voy a misa”-, y yo siempre me iba con ella. Me acuerdo como si fuera ahora, tomado de la mano de mi madre, atravesando calles nevadas para ir a misa a la capillita. Mi madre me regaló esa experiencia de Dios que te ama de verdad, que te llama para estar unido a él en ese amor. Es lo que llamaría la contemplación. Cuando hice el noviciado, cerca de Milán, le dije al maestro de novicios: “yo siento esta inquietud de estar siempre con el Señor, y de amarlo con todas mis fuerzas. ¿No será que tengo vocación para una vida monástica?” Tenía 19 años. Él me contestó: “en la vocación salesiana también puedes vivir la contemplación”.

 

– ¿Y qué tuvo que ver Viganó con ese deseo suyo que lo acompaño desde la infancia?

Pasado el primer año en Chile, todo este deseo de unión con Dios se afirmó de tal manera que me confié a Don Viganó, mi director espiritual, por quien tenía una enorme confianza, cariño y respeto. Le conté acerca de esta inquietud profunda. Me lo veo mirándome con esos ojos que te penetraban hasta el fondo: “¿Quieres contemplación? –palabras textuales-, pues el carisma salesiano necesita a muerte de contemplación”. Y por eso me quedé. Todo eso se transformó en una inquietud por poder vivirlo y transmitirlo a los demás, en proponer una forma de vida donde se pudiera incentivar esto que yo había descubierto en Don Bosco, y que Don Viganó me confirmó.

 

– ¿Así que esa búsqueda lo acompañó hasta el presente?

Sí, esto ha sido para mí determinante, porque a partir de ahí, mi vida tomó un rumbo definitivo. Añadiría que esto es lo que me identifica en la actualidad también como obispo. Claro que con el tiempo, continuando con este proceso espiritual que se iba abriendo paso en mi vida, pude ir viendo las cosas con más claridad. Don Felipe Rinaldi, el tercer sucesor de Don Bosco, y el mayor conocedor de su carisma llegó a decir…“entre dificultades, contradicciones y malquerencias incesantes e inauditas… Don Bosco fundió perfectamente su actividad externa, incansable, absorbente, vastísima, llena de responsabilidades, y la vida interior. Esta vida interior nació con el sentir la presencia de Dios […] y poco a poco se le fue haciendo actual, persistente y viva hasta el punto de ser perfecta unión con Dios. De ese modo fue llegando Don Bosco al estado más perfecto, que es la contemplación activa, el éxtasis de la acción, en la que se consumió del todo, con una serenidad nacida del éxtasis, por la salvación de las almas”.

 

– Entonces no se había equivocado en su elección…

¡No, gracias a Dios! ¡Sentí que mi búsqueda se identificaba con esas palabras! Entonces pensé en la posibilidad de acentuar la dimensión contemplativa dentro del carisma salesiano, y a considerar cada vez más el hecho de que esta espiritualidad es, en realidad, propia de toda vida cristiana, porque ¿no es acaso el bautismo la puerta que abre a esta vida nueva de encuentro con Jesús que se manifiesta, a su vez, en el modo en que vivimos en lo cotidiano? Con el bautismo cada bautizado inicia esta unión con Cristo, que se desarrolla a lo largo de la vida y que crece con la eucaristía…, una maravillosa amistad que es sólo el umbral de la unión que se dará más allá de la muerte y por toda la eternidad. Por eso el Concilio Vaticano, en la Constitución Gaudium et Spes [= “El gozo y la esperanza”] dice que “la vocación del hombre es una sola, divina”.


 

Don Egidio Viganó (1920-1995) Fue el VII sucesor de Don Bosco en el gobierno de la Congregación Salesiana en todo el mundo, a lo largo de 18 años. Confesor de Juan Pablo II. Predicó ejercicios espirituales para el Papa y la curia en 1986. Aunque nació en Italia, vivió en Chile desde sus 19 años, país que consideró como su tierra natal. Fue un notable teólogo y prolífico escritor. Efectivamente, fue director del estudiantado salesiano en Santiago, y consultor en el Concilio Vaticano II.

 “La pasión teológica se me despertó en Santiago de Chile a través del testimonio de Don Egidio Viganó. Este hombre tenía un don particular de sabiduría teológica para hacer gustar el misterio del hombre, de Dios, de la Iglesia. Tuve la gracia de participar, como delegado de los salesianos en el Uruguay, en su elección como Rector Mayor”.

– Veo que le sigue entusiasmando mucho aquella inclinación por la vida contemplativa

Naturalmente. Después de todos estos años en el sacerdocio, y actualmente como obispo, me pregunto, frente a este gran desafío que tiene la Iglesia hoy en día de orientarse hacia una nueva evangelización, ¿cómo concretarla? El Concilio fue la expresión de una gran inquietud: ¿cómo hacer que el mensaje de Jesús llegue a todos asumiendo el desarrollo de la cultura humana? Y desde entonces se ha ido profundizando esta perspectiva de la relación de la Iglesia con el mundo. ¿Cómo ofrecer la fe al hombre de hoy?

 

– Antes de seguir con eso…, ¿a qué época se remonta su iniciativa de fundar, finalmente, un movimiento de carácter contemplativo?

A los años en que más actividad tuve, precisamente. Era director de los Talleres de Don Bosco… con todo el trabajo que esto suponía. Estuve allí desde el 78 al 84. Era un pupilaje con doscientos muchachos que se dedicaban a la formación técnica: carpintería, tornería, mecánica, artes gráficas… Allí pasaban las 24 horas del día. Doy gracias a Dios porque yo había podido estudiar -después de la escuela elemental, en los primeros años de mi formación-, en las Escuelas Profesionales, lo que aquí sería la UTU. Ahí aprendí lo que es la fundición, la mecánica… ¡cosas que siempre me encantaron! Yo tenía que estar todo el día con los chicos. Pero además era profesor de teología, y durante algunos años fui rector del Instituto de Teología. En ese tiempo surgió la inquietud de formar un grupo que tuviese por centro aquella unión con Dios. Finalmente, esta inquietud se concretó felizmente en el movimiento de la “Fraternidad contemplativa María de Nazaret

 

 

– Me estaba hablando de su inquietud por presentar de la mejor manera el evangelio al hombre de hoy

Es cierto. Pero no se trata de dos temas distintos. En el fondo, en la “Fraternidad” he vislumbrado un camino concreto que se adecua a este anhelo, a estos tiempos, y a este gran impulso misionero que se ha dado en llamar la nueva evangelización. Desearía explicarme un poco más.

 

– Por supuesto. Podemos conversar acerca de eso

María vivió la unión con Dios como nadie, y de una forma tan natural y abierta a todos…  A lo largo de mi vida me ha acompañado esa vivencia de que esta unión, o contemplación de María de Nazaret, pertenece en realidad a todo cristiano, a todo el pueblo de Dios. El modo de vivir de María concentra en sí el modo de vivir de la Iglesia. En la naturalidad de su vida cotidiana se unió con el inmenso Misterio de la vida de una Persona divina, el Verbo de Dios que se hizo carne, se hizo carpintero… La Trinidad, ese gran Misterio, quiso manifestarse en una sencilla, humilde y natural vida de familia. María vivía entregada a su hijo. Junto a José, le enseño a Dios a ser hombre, a hablar humanamente el lenguaje divino que tiene con su Padre en esa relación de amor infinito. ¡Cosas bellísimas! La forma más completa, más hermosa, más fecunda de vivir la unión con Dios y el anuncio del evangelio, es ser como María de Nazaret. Mi atención, por esta vía, se concentró totalmente en ella.


 

– ¿Usted quiere decir, monseñor, que esta experiencia contemplativa de María le ha ayudado a pensar algo concreto respecto de la nueva evangelización, o he entendido mal?

Sí, en este último tiempo he estado pensando en todo esto, animado precisamente por este espíritu evangelizador y por el Año de la Fe convocado por el Papa Benedicto XVI para el mes de octubre, durante el cual el Santo Padre desea hacer presente de un modo especial la riqueza del Concilio Vaticano II, cuyos 50 años de inicio estamos por conmemorar, y el servicio que presta el Catecismo de la Iglesia Católica, cuya publicación pronto cumplirá 20 años también. En estas hojas que tengo aquí conmigo he escrito algunos pensamientos y deseos, apenas un esbozo, que me vienen moviendo, en fin, que tienen que ver con todo esto que estamos conversando ahora, es decir, con el núcleo fundamental de la experiencia cristiana, de la fe en Cristo.

 

– ¿De qué se trata?

He estado meditando una propuesta, precisamente, de contemplación, a la luz del Vaticano II, para la nueva evangelización. Diría que el centro de la propuesta nace de la convicción siguiente: no hay nueva evangelización sin santidad, y no hay santidad sin contemplación. El Concilio enseña que la santidad es la vocación de todos nosotros los bautizados, la vocación universal, y ésta no es posible sin unión al Resucitado, sin contemplación. Hay unas palabras de Pablo VI que me resultan llenas de inspiración…

 

– ¿Sobre la santidad?

Sobre la contemplación. En el discurso de clausura del Concilio, un momento solemnísimo, el Papa Pablo VI habla de la contemplación y explica en qué consiste. Quiero citarlo, son palabras insustituibles: “La contemplación es el esfuerzo por fijar en Dios la mirada y el corazón. Es el acto más alto del espíritu humano, el acto que hoy puede y debe coronar la inmensa pirámide de la actividad humana”. ¿Cómo puede ser santo don Bosco si trabajaba de día y de noche, cuándo oraba entonces?, preguntaban algunos. Y Pío XI retrucó: “Dígame más bien cuándo no oraba Don Bosco”. Esa vivencia de haber transformado la actividad en oración, la acción en unión al Señor, es lo que a mí se me impone con enorme atracción en el horizonte de la nueva evangelización. No hay vida contemplativa que no sea activa. Para Pablo VI, entonces, la contemplación es acción. También Juan Pablo II afirmó en la “Redemptoris Missio” que “el misionero ha de ser un contemplativo en acción”, y que “el futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación”, pues si el misionero no es contemplativo, dice, “no puede anunciar a Cristo de modo creíble”. Pienso también en la famosa frase del gran teólogo Karl Rhaner, todo un programa espiritual: “el cristiano del futuro será místico o no será cristiano”. Experimento el realismo de estas palabras todos los días en mí, en nuestra Iglesia de Montevideo y en toda la Iglesia. De alguna manera identifico mística con contemplación.

 

– Entonces, ¿debemos unirnos más al Señor?

Creo que sí. La pregunta que todos nos hacemos es: Iglesia de Montevideo, ¿cómo evangelizas hoy?, ¿cómo estás llamado tú a evangelizar? Nos lo comenzamos a preguntar en 2005, en el Sínodo. Dos años después, ni lo soñaba yo, la V Conferencia General del Episcopado latinoamericano reunida en Aparecida, se realizó la misma pregunta, y sintetizó su respuesta en dos palabras inseparables: discípulos-misioneros. Quien es discípulo, evangeliza, quien es contemplativo, se abre a la acción. Son dos modos de expresar la misma realidad: “lo que contemplamos… acerca de la palabra de vida… os lo anunciamos”, expresa san Juan en su primera carta.  Es por esto que deseo presentar también oficialmente la “Fraternidad contemplativa María de Nazaret” como una forma, repito, una forma entre otras, de poder concretar esta propuesta misionera. Hasta ahora he mantenido esta presencia ahí, en silencio, como una semilla que quiere germinar… En esto me dejé guiar siempre por monseñor Gottardi. Él reconoció canónicamente la Fraternidad como una Asociación privada de fieles. Creo que ha llegado la hora en que la Fraternidad brinde un servicio de cara a la nueva evangelización.